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Érase una vez...

un hermoso paisaje de montañas y valles vestidos de hierba fresca donde la vista se perdía en una infinita belleza.

Escondido entre estos parajes de naturaleza frondosa, había un baserri*, cuyos habitantes eran tan auténticos como el propio entorno.

La amona* decidió retirarse unos momentos al interior de la casa para descansar después de haber estado toda la mañana trabajando en la huerta, una huerta que cuidaba con esmero para posteriormente vender sus productos frescos y apetecibles: lechugas, hermosos tomates, puerros, piparras*…, en el bullicioso mercado semanal del pueblo.

También había ordeñado su pequeño rebaño de ovejas latxas* que le proporcionaban la leche con la que elaboraba un sabroso y recio queso, verdadero manjar de esa tierra.

¿Y cómo olvidar su viñedo? Aquel que había sido plantado por el aitona* tiempo atrás y del que seguía obteniendo esas uvas tan especiales, las hondarribi zuri*, con las que producía un txakolí* vivo y alegre.

Cuando entró en el salón una inmensa calma le invadió y decidió sentarse. Cerró los ojos, pero ese momento de tranquilidad no duró mucho tiempo ya que de pronto apareció un niño de voz dulce e inmensa sonrisa.

Amona, amona! ¿me podrías contar una historia? Esa que tantas veces me has relatado y que tanto me gusta. Mesedez amona*!

— Claro que sí, maitia*. A mí también me encanta. Eseri hemen*.

El niño se acomodó sentándose en el suelo mientras miraba a su amona con entusiasmo. La mujer fijó su mirada azul grisácea en el niño y, sonriendo, comenzó el relato.

Érase una vez una maravillosa tierra donde las imponentes montañas se unían con el mar formando parajes de un verde intenso. En esa tierra no había que elegir entre mar o montaña ya que estaban unidas en apenas un suspiro. Era un lugar donde el agua era vida: ríos, cascadas, manantiales de agua cristalina. Incluso la  lluvia, molesta a veces, era música que insuflaba a los paisajes un verde tierno y una frondosidad espectacular e impactante. Estos lugares de complicada orografía y valles angostos eran el refugio ideal de aquellas personas que buscaban la paz y el sosiego conectando con la Naturaleza, el escenario perfecto para encontrar la esencia de uno mismo.

— ¡Pero amona, antes has dicho que allí había un mar!

— ¡Así es! Un mar con nombre propio, el Cantábrico. Un mar bravo en muchas ocasiones, apacible en otras. Un mar azul con pinceladas grises, mar inmenso que bañaba la costa y las playas de arena fina. Un mar de navegantes, descubridores, balleneros, comerciantes y pescadores.

— Amona ¿y cómo eran las personas que vivían en esa tierra?

— Eran personas acogedoras y nobles, recias y fuertes. Les gustaba hablar de la Historia y de las historias de sus pueblos, de sus costumbres y tradiciones, de sus raíces. A lo largo y ancho de este mágico territorio se sucedían festejos, conciertos, festivales, ferias gastronómicas… y los habitantes de esta tierra invitaban gustosos a quienes les visitaban a que participaran en sus celebraciones y a que compartieran su alegría.

Y también presumían de sus vecinos más ilustres: modistos, artistas, navegantes, escritores, deportistas, cocineros. ¡¡Tal era el orgullo de pertenecer a aquel pedacito del mundo!!

El pequeño miraba a su amona boquiabierto y entusiasmado mientras daba paso a la siguiente pregunta…

Amona ¿y de qué vivían esas personas? ¿cuáles eran sus trabajos?

Ay maitia, los trabajos de esta tierra siempre fueron duros. Desde la caza de la ballena, cruenta lucha cuerpo a cuerpo entre hombre y animal hasta la explotación de la madera que alimentaba a los astilleros en los que se construían imponentes barcos, sin olvidar la extracción de la piedra y la transformación del hierro en las ferrerías. Piedra y hierro que forman las entrañas de esta tierra.

Con el paso del tiempo aparecieron otros trabajos relacionados con la industria o con el amable turismo. Este último permitió que personas procedentes de otros lugares pudieran conocer esa tierra y quedaran impregnados de su belleza y autenticidad.

— ¡Vaya! Con esos trabajos tan duros , tendrían mucha hambre ¿verdad amona?

— Por supuesto bihotza*!! Eran gentes que gustaban del buen yantar. Disfrutaban comiendo los pescados recién salidos del mar y cocinados sobre la parrilla o en cazuela de barro, las contundentes chuletas, las alubias negras acompañadas de morcilla de cebolla y piparras… ¡¡Y los dulces!! La «pantxineta», los “xaxus”, el chocolate…

— Amona, ¡qué me está entrando hambre!

— A mí también maitia.

— Pero amona, ¡aún no me has dicho cómo se llamaba ese lugar tan mágico!

— ¡Esa hermosa tierra se llamaba Gipuzkoa! Un territorio rico en Historia y en historias. Un territorio cuyas villas y ciudades eran guardianas de un cuantioso patrimonio de templos, iglesias, ermitas, museos, palacios, murallas, santuarios. Un territorio atravesado por rutas de comerciantes y caminos de peregrinación como el que llega a Santiago de Compostela.

— ¿Y en Gipuzkoa todas las villas eran bonitas?

— Sí, todas eran hermosas y únicas. Pero había una tan bella que incluso su nombre lo decía… ¡La Bella Easo! También conocida como San Sebastián, Donostia e Irutxulo. Esa ciudad era la joya de la corona ya que durante un tiempo fue sede de reyes que hasta allí llegaban buscando el sosiego y el descanso estival.

Aunque la naturaleza forjó a capricho el entorno, el hombre no hizo menos ya que fue capaz de construir una ciudad elegante, majestuosa y señorial.

Hombre  y Naturaleza crearon una combinación casi perfecta.

Tierra y mar dibujaban una brillante bahía con forma de concha. Y en ella dos playas, dos montañas y una isla que emocionaban.

Un río, el Urumea, navarro en su nacimiento y donostiarra en su madurez. Y una tercera playa donde la jovialidad invadía cada rincón y los atardeceres iluminaban las miradas.

Donostia era una ciudad afortunada ya que había sido mimada por los pobladores que en ella habitaron a lo largo de los siglos. Desde los primeros pescadores y comerciantes hasta aquellos que supieron trazar una ciudad hermosa y romántica a finales del S. XIX con la estética francesa de la Belle Époque. Incluso la modernidad llegó a la urbe y supo integrarse de manera perfecta con la ciudad más clásica y conservadora.

En esta ciudad la gastronomía era religión, afición compartida por locales y foráneos. Dicen que los “pintxos” eran la máxima expresión del arte culinario. Pintxos elaborados con las más variadas y sabrosas materias primas que suponen una explosión de sabores. Para completar el festín algún caldo de la tierra o por qué no… una sidra de la zona elaborada con mimo.

San Sebastián era un lugar lleno de tradiciones, historias y arte. Un lugar para perderse y encontrarse. Una ciudad que invitaba a vivir.

— Amona ¡cómo me gustaría conocer ese lugar tan especial! ¿Iremos algún día?

— Ay maitia… no, no iremos porque… ¡¡allí vivimos!!

El niño miró sorprendido y emocionado a su amona.

— ¡Entonces voy a invitar a todas las personas a que vengan a conocernos! ¿Te parece bien amona?

— Es una idea preciosa bihotza! Que vengan, que nos visiten porque aquí les estaremos esperando con los brazos abiertos y con el deseo de hacer que vivan momentos emotivos y únicos.


NOTAS ACLARATORIAS:

  • Baserri – caserío
  • Amona – abuela
  • Piparras – guindillas
  • Latxa – basta, en referencia al tipo de lana
  • Aitona – abuelo
  • Hondarribi zuri – hondarribi blanca, variedad de uva blanca utilizada en la producción del “txakolí”
  • Txakolí – vino blanco elaborado, principalmente, en el País Vasco
  • Mesedez amona – por favor, abuela
  • Maitia – cariño
  • Eseri hemen – siéntate aquí
  • Bihotza – corazón

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